La tríada: una conversación 71 años después

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13 de noviembre de 2009.-Lo tienen muy seguro. Saben que de noventa (90) atletas que intervinieron en los primeros Juegos Bolivarianos Bogotá 1938, ellos tres son los únicos que sobreviven a esa nómina. ¿Y si de pronto alguien salta, a sus 80 o 90 y pico de años, y dice que está con vida? “No creo, no creo sinceramente”, apostilla el ícono viviente del periodismo deportivvo del pasado siglo y el actual; Herman “Chiquitín” Ettedgui (atletismo, béisbol, voleibol).

Las otras dos vigas, que sostiene el pasado con alarmante memoria son: el empresario Paúl Otamendi (ciclismo) y el no menos popular José Joaquín “Papá” Carrillo (voleibol). Sí, un trebol de tres, una tríada reveladora de mitos y leyendas; un auténtico valor de Nación. Eso sí; los tres caminan despacito, sin apuro, todo remarcado por los 267 años que suman los tres. Chiquitín con 92 años, Otamendi suma 89 y el maraco de todos, “Papá” Carrillo con apenas 86. “Yo tenía 15 años cuando fui a esos Juegos. Era un chamito, como ahorita. ¡Caramba! Cómo pasa el tiempo”, acota el de menos edad.

Conviene recordar que de estos tres, sólo Chiquitín y Otamendi sobreviven, además, a la primera incursión de una delegación oficial de Venezuela en juegos del Ciclo Olímpico; en aquella ocasión; los IV Juegos Centroamericanos y del Caribe, Ciudad de Panamá 1938, que se efectuaron en el mes de febrero. Los Bolivarianos se realizaron en el mes de agosto. “Papá” Carrillo no estuvo presente en la cita canaleña.

Ahora, en tiempos muy recientes los tres hacen causa común con el pasado. Lo esencial es recordar lo que se vivió, testimonniar sobre la base del retazo de capítulos, unos más elocuentes que otros, pero fieles a los hechos, que en aquellos primeros Juegos Bolivarianos —de eso hace 71 años— Venezuela empezó a configurar una conducta competitiva internacional, muy en pañales, como el área andina, que hoy día intenta mardurar con las imperfecciones del caso.

Para la cita inédita, en exclusiva para la presente publicación oficial, Paúl Otamendi, abrió las puertas de su hábitat. Esperó a sus dos compañeros de viaje en compañía de su inseparable esposa, la señora Delfina. “¡Hay muchos viejos aquí!”, disparó Chiquitín con su eterno humor, segundos después de haber entrado en el apartamento de los Otamendi. “Papá” Carrillo, pausado en su caminar, pero rápido a la hora de transmitir una idea, colocó otra leña en el asador: “No nos veíamos desde que empujamos el autobús que se atoró hace 71 años cuando ibamos a los Juegos Bolivarianos de Bogotá”.

Voces iban, y venían. Agradables interrupciones. Nunca antes una peña deportiva había abrigado tanta atención de sus protagonistas. Tres claves para entender un poco el porvenir deportivo del país. Un diálogo sin semáforo.

—“Papá” Carrillo. Este es el diploma que me dieron en Bogotá.

—Chiquitín. Fíjate, es uno de los diplomas de participación que se conservan. Todavía podemos contar la historia, porque los demás están muertos todos.

—Otamendi. ¿Ustedes no vieron el cuadro de la entrada? Ese cuadro me lo dedicó Teo Capriles, que también era pintor y cantante del Orfeón Lamas, e integrante de esa delegación que estuvo en Bogotá.

—O. Lo importante es rescatar la historia. Que no se pierda. Mira, Chiquitín, ¿en cuál urbanización nos hospedaron en esos primeros Juegos Bolivarianos del 38?

—Ch. En una urbanización de ricos; Chapinero.

—O. Jajajajaja. La pegaste, oíste.

—Ch. Hay una anécdota muy interesante.

—O. ¿Tú te acuerdas del embajador que tenía Venezuela en Bogotá ese año de los Juegos Bolivarianos?

—Ch. Era Carnevalli.

—O. No. Era aquel que era muy protocolar, que fue a buscarnos. Nos dijo: “mire, yo he hecho una lista de los que van a cantar en el Orfeón”.

—C. No me acuerdo de eso.

—Ch. Ajá, la anécdota. Sabes que el autobús que nos llevó a Bogotá se tardó ocho días. Pasamos por un lugar, cerro a los lados, y se formó una laguna. Tuvimos que salir a palear el derrumbe y la laguna y luego empujar el autobús. Y lo sacamos.

—O. Si, cómo no. Me acuerdo de eso. Salió Troncoso, un boxeador que nos ayudó. A mi me tocó como compañero en el autobús Quintana, y se la pasaba todo el día durmiendo. Bueno, pero cuando el autobús se atascó, tuvimos que salir todos a pico y pala, a abrir camino. El expreso era de la línea ARC, y el chofer era de apellido Ortega.

—Ch. Yo fui a Bogotá con las esperanzas de ganar los 100 metros planos. Con 10,7 segundos había empatado el récord centroamericano, y era el récord que había hecho el cubano, Conrado Ramírez, en El Salvador.

—O. Nosotros, después de todo, hicimos un buen papel en Bogotá. Ahí cumplimos.

—Ch. Si cómo no. Mejor que lo que hicimos en los Juegos Centroamericanos en Panamá. Por cierto, allí nos enfrentamos a los mexicanos, el mismo equipo de baloncesto que venía de alcanzar bronce en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936.

—C. Recuerdo que no nos dieron uniforme para la competencia. Los pantalones eran los mismos que uno utilizaba en la casa.

—Ch. Con lo del desfile oficial, estábamos con un suéter cuello de tortuga que nos mandó hacer López Contreras, bellísimo, que decía “Venezuela”. López Cont


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