DANIEL CASTRO ANIYAR
Las ancianas añún cultivaron varias cegueras. El deterioro cultural y material de su hábitat, el haberse convertido en botín de wayúus y “españoles” (criollos), los que habían ganado el juego de la supervivencia, las llevó a no ver. Se refugiaron en sus palafitos, en una naturaleza submarina, fantástica y desaparecida donde desconfiaron de todo varón (salvo a sus hijos) y hablaban a escondidas el añún. Las representaba Santa Lucía (Iramma) quien se arrancó los ojos para que su marido, que la había tomado por la fuerza, tuviera que esposarla ciega. Muchas desarrollaron cegueras reales y esperaron que la muerte, como murciélagos, se las llevara de una vez. Pues no es ciego el que no ve…
Fuera de la Laguna, el síndrome de Santa Lucía persiste.
Se cree que “el otro” desaparecerá con todos los males que nos aquejan. Que el Estado es una máquina de milagros, basta con tomarlo. Nuestras agendas se reducen a cadenas reactivas más que a diagnósticos reales. Y la verdad es que, por un capitalismo aún apuntalado por la especulación y dinero inorgánico, Venezuela es una bomba de tiempo. Y son responsables a) el carácter de nuestra economía petro-periférica; b) una burguesía, nueva y vieja, que se enriquece sin contemplaciones éticas ni retorno productivo; c) un Estado que no halla cómo pasar del discurso al nuevo techo del parasitismo ideológico; d) una sociedad civil que, teniendo herramientas únicas y poderosas, se limita a hacerle el coro a papá Estado o a papá Capital.
Como en el lado más oscuro de Maquiavelo, la táctica se convirtió en estrategia. Las batallas se convirtieron en guerras. Batallas de pequeños odios, tan largas e incesantes que han perdido el camino a casa, la paz e incluso la misma guerra.
Los lados polarizados justifican cualquier cosa por el acoso enemigo, los inocentes se inmolan empujados por un “yonofui”, los funcionarios se multiplican en número e incapacidad, los ricos se hacen hara-kiri creyendo que van al cielo, los dueños del tablero amenazan con quebrarlo. Para eso Venezuela es petrolera y aguanta. Pero alguien gana entre sombras: los ricos son más ricos que nunca. Todas las inflaciones, la especulativa y no especulativa, se han vuelto rutina, como “los imponderables” en Irak, como algo mágico y natural que viene de vez en vez, como el acercamiento de Marte.
Vemos todo en borrones, contornos, pedazos de argumentos a los que, como un fetiche, queremos seguir amarrados. Porque cualquier espejismo es bueno si puede arrasar al otro.
¿Estaremos condenados a morir entre sombras? Como si fuese preferible arrancarse los ojos que verse en un espejo.













Muy buena es la conciencia y el interes por lo relevante, lo humano….pero no es nada buena la depresiòn profunda y el pesimismo….